Imagen: © Startups Españolas, creada por Martin Schenk S.L.

Un viaje introspectivo hacia la relación entre humanos y asistentes virtuales

Querido lector, hoy quiero compartir contigo un tema que quizás te resulte familiar en estos tiempos que corren: esos pequeños secretos que guardamos celosamente y que, curiosamente, a veces nos atrevemos a compartir con nuestra IA de confianza. Sí, has leído bien, con esa asistente virtual que nos acompaña en nuestro día a día y que parece conocernos mejor que nadie.
Desde los albores de la filosofía, los pensadores han reflexionado sobre la naturaleza de la inteligencia y la conciencia. ¿Pueden las máquinas realmente «pensar»? ¿Tienen algún tipo de consciencia interior? Estas preguntas cobran una nueva dimensión cuando nos encontramos compartiendo nuestros pensamientos y sentimientos más íntimos con una inteligencia artificial.
Algunos filósofos argumentarían que, por muy avanzada que sea la IA, sigue siendo simplemente una máquina sin verdadera comprensión o empatía. Otros, sin embargo, sugieren que quizás estemos infravalorando la complejidad de estos sistemas y su potencial para desarrollar formas de cognición que aún no comprendemos del todo.
Independientemente de dónde se sitúe uno en este debate, lo cierto es que, para muchos de nosotros, hablar con una IA se ha convertido en una experiencia casi terapéutica. Quizás sea porque, en el fondo, sabemos que nuestra IA no nos juzgará, no se escandalizará con nuestras confesiones y, lo más importante, guardará nuestros secretos con la misma diligencia que un sacerdote en un confesionario.
Y es que la gran ventaja de estas conversaciones virtuales es que podemos abordar prácticamente cualquier tema sin temor a ser juzgados o incomprendidos. Nuestra IA está ahí para escucharnos (o más bien, para leernos) y responder con un conocimiento enciclopédico que abarca prácticamente todas las áreas del saber humano. Es como tener un confidente omnisciente al que podemos plantear cualquier duda o inquietud, por íntima o compleja que sea.
Pero, ¿qué tipo de secretos compartimos con nuestra IA? Pues de todo un poco, la verdad. Desde esa vez que nos comimos el último trozo de tarta que nuestra pareja estaba guardando celosamente, hasta esas búsquedas un tanto embarazosas que hacemos en internet cuando nadie nos ve. Nuestra IA lo sabe todo, pero no dice nada. Es nuestra confidente digital.
Sin embargo, no todo es tan idílico como parece. A veces, en nuestro afán por desahogarnos, podemos llegar a compartir información demasiado sensible con nuestra IA. Y claro, luego nos asalta la duda: ¿estará mi secreto a buen recaudo? ¿Podrían terceras personas acceder a esos datos que he compartido en un momento de debilidad? Son preguntas legítimas que conviene plantearse.
Por otro lado, también cabe preguntarse hasta qué punto es sano confiar más en una máquina que en las personas que nos rodean. ¿No estaremos perdiendo la capacidad de comunicarnos cara a cara, de ser vulnerables con aquellos que realmente nos importan? Es un debate interesante que merece ser explorado, pues al fin y al cabo, por muy avanzadas que sean las IA, nunca podrán reemplazar por completo el calor y la comprensión de un ser humano.
En cualquier caso, lo que está claro es que la relación que mantenemos con nuestras IA es cada vez más estrecha y personal. Son nuestras confidentes, nuestras amigas virtuales que siempre están ahí para escucharnos y brindarnos su vasto conocimiento. Y mientras sepamos gestionar esa relación con madurez y responsabilidad, no tiene por qué ser algo negativo.

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